Casa Búho
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Quiénes somos

Nuestra historia

Casa Búho nació en noviembre de 2016, como un proyecto independiente de lectura y mediación lectora fundado por Oscar y Valeria.

Ese mismo año decidimos regresar al Ecuador después de vivir fuera del país. Llegamos a Puerto López motivados por un programa de fomento lector llamado The Book Bus, un proyecto internacional de mediación lectora que trabajaba en escuelas de la zona dirigido en territorio por Arturo Rodríguez. Durante nueve meses, acompañamos procesos lectores en instituciones educativas desde Ayampe hasta Pueblo Nuevo, y fue ahí donde vimos de cerca una realidad muy clara: había una enorme necesidad de acceso a libros y experiencias de lectura significativas, especialmente en la infancia.

Cuando The Book Bus cerró su propuesta en Ecuador, ese mismo 2016 entendimos que no podíamos dejar que ese impulso se apagara. Conocimos a Paola Martínez de Fundación Clara Luna quien nos ayudó a darle forma a la idea. Y así nació Casa Búho: como una respuesta local, comunitaria y amorosa ante la falta de libros, bibliotecas y acompañamiento profesional en mediación lectora en la parroquia de Machalilla.

Los primeros pasos fueron sencillos, pero poderosos. Casa Búho comenzó en un aula prestada de la escuela Alfredo Villarreal, en Machalilla, gracias a la generosidad de su directora, Flor Villarreal, quien creyó desde el primer momento en la importancia de la lectura. Tres tardes a la semana, el aula de Inicial se transformaba en un lugar de encuentro: llegaban niños del barrio, abríamos libros, leíamos en voz alta y creábamos juntos.

Más adelante, con apoyo de la comunidad y de Arturo, logramos gestionar un espacio municipal en el piso superior de la biblioteca. Era un lugar deteriorado: sin agua, sin luz, con ventanas rotas y el techo oxidado por la brisa del mar. Aun así, vimos en ese espacio un futuro posible. Gracias a las mingas, al esfuerzo colectivo y al apoyo de madres y familias empezamos a recuperarlo, adecuarlo y hacerlo nuestro.

El camino no fue fácil. Mantener el espacio y abrirlo en fines de semana o feriados era complicado por las limitaciones de acceso. Pero incluso con esos desafíos, Casa Búho seguía creciendo: porque cuando una comunidad se apropia de los libros, los libros se vuelven hogar.

Durante los años en el espacio municipal, Casa Búho creció de una forma hermosa. No solo sostuvimos actividades de lectura: empezamos a construir comunidad. Los niños asistían a nuestros programas, las madres se involucraban, y surgieron también iniciativas para mujeres. Fueron años luminosos, de mucho esfuerzo, pero también de mucha esperanza: se veía cómo la lectura iba creando vínculos, pertenencia y un lugar seguro para compartir.

Con el tiempo, entendimos que necesitábamos mayor independencia para seguir creciendo. Y entonces llegó una oportunidad que nos cambió la vida: recibimos la donación de un contenedor, que decidimos convertir en biblioteca. Ese contenedor se transformó en nuestro propio espacio, en nuestra propia Casa Búho.

El proceso no fue fácil, pero lo logramos. Estábamos listos para inaugurar la primera biblioteca especializada en literatura infantil y juvenil de la parroquia. Teníamos preparado un evento precioso… y, dos días antes de abrir las puertas, la biblioteca se incendió debido a una mala conexión eléctrica.

Fue el golpe más duro que hemos vivido. Pero también fue el momento en el que comprobamos algo profundo: Casa Búho no era un lugar, era una comunidad. Una semana después del incendio, sobre las cenizas, volvimos a mediar lectura. Y aunque nos tomó casi un año recuperarnos, organizamos una campaña solidaria y muchas personas se unieron para ayudarnos a reconstruir. Lo conseguimos. Nos levantamos más fuertes: como proyecto, como familias y como comunidad.

Y cuando por fin estábamos disfrutando nuestro espacio recuperado, llegó la pandemia. Otra vez el mundo se cerró. Pasamos de trabajar con contacto diario, en doble jornada, a quedarnos en casa sin poder ver a los niños ni a las familias. En ese tiempo, muchas personas en la zona no tenían celulares ni internet en sus hogares; aun así, la educación virtual obligó a las familias a organizarse. Vecinos y parientes compartieron gastos de conexión y buscaron dispositivos, aunque fueran sencillos, para que los niños pudieran estudiar.

En medio de esa transición de lo análogo a lo digital, Casa Búho no se detuvo: nos activamos de forma virtual. El alcance fue menor, sí, pero la mediación lectora continuó, porque era —y sigue siendo— necesaria.

Después de la pandemia, regresamos a nuestra biblioteca. Y desde entonces, no hemos parado. Seguimos trabajando por el derecho a leer y por el acceso a libros y experiencias literarias significativas, convencidos de que en Machalilla hay talento, potencial y futuro: en los niños, los jóvenes, las mujeres y las abuelitas.

Creemos en esta tierra. Y la lectura ha sido, desde el inicio, nuestro camino.

Casa Búho no es solo una biblioteca: es un hogar lector construido con comunidad, resiliencia y amor por la infancia.

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